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2024/06/30

De cómo se extinguió el murciélago gigante norteño

    2024-06-30 Santi

Me decido a acompañar a Oier, especialista en mamíferos voladores y otros bichos de las cuevas, a llevar unos especímenes de murciélagos al Museo Natural de Bilbao. Pero nada más salir del Metro en la estación del Casco Viejo la perspectiva de aguantar tediosos trámites burocráticos no me atrae ni lo más mínimo y abandono al colega con la excusa de que tengo que comprar suministros agrícolas. En realidad, me dirijo a la entrañable taberna El último aldeano y pido un pintxo de tortilla y un mosto. De repente recibo un tremendo susto al escuchar un grito pelado desde el otro rincón del bar, «¿qué anda ese aldeano por Bilbao?».

Acomodado en una esquina veo a un personaje con el que no tenía el menor deseo de encontrarme. Ni más ni menos que el veterano espeleólogo Humberto Alvarez, que ya ha iniciado su sesión mañanera de chiquiteo con un vaso de tinto largo. Por un instante siento el impulso de huir corriendo a toda velocidad, pero no tengo más remedio que procurar mantener la calma.

La razón de mi desasosiego procede, precisamente, del objeto de nuestra visita a Bilbao. Es sobradamente conocido el enorme rencor que guarda Humberto a todos los “científicos” que tengan que ver con las cuevas. En el fondo de mi cerebro intenta abrirse paso una vocecilla que me dice “no le cuentes nada”, pero tras estrecharle la mano las palabras fluyen de mi boca como si fuera un autómata al que le han dado cuerda, y rápidamente le pongo al corriente de nuestra misión científica.

Como era de esperar, reacciona con un gesto de feroz desaprobación, como si el objeto que nos ha traído a la villa no tuviera perdón de dios. Tras permanecer callado un rato me suelta:

- ¿A que no sabes cómo desaparecieron los murciélagos gigantes?

Le contesto que no tengo ni idea. Echa un trago de su vaso de tinto largo y empieza a contar la historia.

- Ocurrió en un remoto pueblo de las merindades. En una aldea perdida había una cueva en la que vivían murciélagos gigantes. Decían los aldeanos que tenían el tamaño de pollos.

- Menuda leyenda.

- Eran murciélagos comedores de fruta. Lo curioso es que, aunque hacían estragos en los manzanales y campos de melones de los lugareños, estos se resignaban y los dejaban en paz.

Le miro con cara inquisitiva.

-Creían que aquellos murciélagos estaban bajo la protección de un personaje mítico del bosque. Era el terrible Ojáncano, un ser con dos carreras de afilados dientes y grandes manos de diez dedos.

- Vaya!

- Los murciélagos gigantes vivían tranquilos, hasta que aparecieron los “faunas”.

- ¿“Faunas”?

- Sí, biólogos o zoólogos, que empezarían su monserga a los lugareños diciéndoles algo así como «venimos a estudiar la fauna»; de ahí ese apodo. La cosa es que algunos de esos “científicos” se presentaron por el área preguntando por murciélagos. Venían con sombreros, largas botas de cuero, prismáticos y brújula. Los adultos del poblado les miraron con mucho recelo, pero consiguieron engañar a algunos chavales a cambio de chuches. Los chicos les llevaron al borde de un vertiginoso desfiladero. En la pared de enfrente se abría una enorme entrada de cueva. «Allí están los murciélagos» les contaron los chavales. Los “faunas” manifestaron el deseo de ir a la cueva, pero los chavales protestaron, «no se puede ir allí, el Ojáncano les protege». Los faunas lanzaron carcajadas. «Menuda tontería», dijeron. En cualquier caso, el entorno era muy accidentado y ese día ni siquiera pudieron bajar al fondo del desfiladero. Quedaron en volver más adelante.

Los chavales comentaron en el poblado lo que había acaecido y los aldeanos tuvieron una tensa reunión, donde se lanzaron argumentos a favor y en contra.

“Van a cazar los murciélagos y los van a comer”, decía uno. “El Ojáncano no lo permitirá”, decía otro. Pero no llegaban a ninguna conclusión.

Dos de los aldeanos más resueltos, El Suave y El Taciturno, decidieron cortar por lo sano. Se disfrazaron de “faunas” con artilugios que afanaron del palacio de un indiano y se fueron de caza con sendas escopetas y doscientos cartuchos cada uno. Una vez en el fondo de la cueva alzaron sus escopetas y dispararon directamente hacia la parte más densa de la colonia. Fue tal el chaparrón de murciélagos muertos que se les vino encima que estuvieron a punto de quedar inconscientes a consecuencia de los golpes. Después de eso hicieron sus disparos desde ángulos oblicuos para evitar los cuerpos que caían. Dispararon todos sus cartuchos hasta que no quedó ni un bicho vivo. Recogieron varios centenares.

Cuando los arrastraron en sacos hasta el poblado, muchos vecinos pusieron el grito en el cielo ante aquella escabechina. Los aldeanos más crédulos temían la reacción del Ojáncano, pero el Suave y El Taciturno comenzaron a asar en la plaza las primeras decenas de aquellos “pollos” diciéndoles, “no os preocupéis, el Ojáncano echará la culpa a los faunas”.

Acompañados con un espeso vino de la tierra aquellos “pollos” resultaron ser tan sabrosos que los recelos se disiparon rápidamente. Durante varios días los aldeanos comieron murciélagos hasta hartarse y los perros también disfrutaron como nunca con aquel manjar caído del cielo.

Al de varias semanas volvieron los “faunas” (esta vez los auténticos) para intentar llegar a la cueva y estudiar la colonia. Sin embargo, cuando habían descendido al precipicio para acometer la subida a la boca, algún azar misterioso del destino hizo que justo allí se desatara una tormenta épica de rayos y truenos, seguida de una granizada descomunal, con piedras del tamaño de pelotas. Tras aguantar la terrible tormenta resguardados de mala manera entre las rocas los faunas lograron arrastrarse de vuelta magullados y malheridos.

Al atravesar el pueblo rodeados de perros que les ladraban rabiosos desde encima de un vertedero, el becario del grupo, un chaval muy perspicaz, comentó que había restos que parecían huesos de grandes murciélagos. El director del grupo le contestó desaforadamente que se dejara de observaciones insensatas, si es que quería seguir formando parte del grupo de investigación. La cosa es que los faunas no volvieron más.”

Me quedo completamente mudo tras escuchar el relato. Me despido de Humberto muy turbado y respiro hondo una vez fuera del bar. Llamo a Oier. Una vocecita en el fondo de mi cerebro me dice que no le comente nada. Pero sé que no voy a ser capaz de callarme esta historia.

2022/08/23

Espeleología de calidad

23-08-2022   Santi

Hace poco he tenido un encuentro desasosegante con un colega al que conozco desde hace muchos años. Se trata del veterano espeleólogo Humberto Alvarez, con quien me he topado en una txozna de las fiestas de Bilbao.

“Qué tal en el grupo?”, me dice.

Le comento que en el ADES estamos muy ilusionados con diversos proyectos científicos y de colaboración con expertos en varias facetas de la espeleología.

Noto que me mira con desdén. Después, lanza esta singular afirmación:

“Yo, últimamente, sólo hago espeleo de calidad”

Aunque presiento que no capto de forma adecuada el sentido de lo que intenta decir, le digo ingenuamente que nosotros también hacemos espeleología de calidad, conectando con las diversas vertientes científicas de la actividad. Humberto, como quien alecciona a un novato, me espeta:

“Estás completamente equivocado. La espeleo de calidad es la que se hace sin presencia ni influencia de todos esos “expertos” que dices: arqueólogos, geólogos, murcielagueros, gentuza de patrimonio y medio ambiente y todos sus monaguillos”.

El comentario me deja anonadado. Por un momento intuyo que puede ser consecuencia de los efectos del cachi de kalimotxo que se está metiendo entre pecho y espalda. Sin embargo, Humberto se encarga rápidamente de sacarme de dudas:

“De hecho, la calidad de la espeleo se mide en base a la lejanía en la que te encuentras de todos esos soplagaitas y cantamañanas. Cuanto más fuera de su alcance estés, mayor calidad de la que podrás disfrutar”.

El tono que usa es tan desaforado que le pregunto por los motivos que le impulsan a llegar a semejante conclusión. Me larga la interminable lista de agravios que ha sufrido, ocasionados “por esa banda de ineptos”, como él dice, y de la que capto unos ejemplos.

Una vez su grupo conectó con un entendido en arte prehistórico para analizar “unos garabatos pintarrajeados” (según señala) que habían descubierto en la pared de una cavidad. Para el siguiente fin de semana ya les habían cerrado la entrada con una verja de acero inoxidable. “Menos mal –cuenta- que conocíamos otra boca, y pudimos proseguir la exploración. De paso, nos echamos unas buenas meadas delante de las pinturas de marras”.

En otra cueva ampliaron un orificio soplador y avanzaron entre sedimentos compuestos por una perfecta acumulación de capas de extraña composición y color. Llamaron a un iniciado en geología que les dijo que aquello era “muy interesante”. Poco después les cayó una enorme bronca por “destruir un yacimiento de pruebas geológicas de valor incalculable”.

En otra cavidad, la O-590, se encontraron con una colonia de miles de murciélagos, y dieron el parte a un biólogo. En breve, recibieron una misiva del departamento medioambiental del Gobierno en el que se les prohibía terminantemente la entrada a la cavidad para preservar a los bichos, con amenaza de onerosas sanciones si incumplían la normativa.

Humberto tenía, al parecer, motivos para estar un poco cabreado. Pero todo eso no fue lo peor, sino la experiencia vivida en el caso del “truño de Neanderthal”, como él lo llama. En una cavidad habían descubierto un gran número de huesos y comunicaron el hallazgo a arqueólogos y paleontólogos. Estos no dieron mayor importancia a los restos, pero en una salita contigua hicieron el hallazgo del siglo: un descomunal truño o, como ellos denominaban, “coprolito”, y que atribuyeron a algún homínido. Inicialmente, a un Neanderthal.

“No deja de ser un descubrimiento sorprendente”, le comenté a Humberto.

“Ya, pero tú no sabes la verdadera historia de aquel truño”, me dijo mirándome fijamente con cara de misterio.

A estas alturas no sé si creerme todo lo que me explicó a continuación. Al parecer, en una exploración varios años atrás hicieron un copioso hamaiketako antes de entrar en la cueva. A Humberto le entró el apretón y plantó en un rincón de la galería aquel formidable mocordo.

El tiempo hizo lo demás. Según señala, “en la cueva se produce un proceso ultrarrápido de fosilización, -cosa de la que no se han enterado esos soplagaitas- y poco después era como si el chorongo llevara allí miles de años”.

Humberto estaba seguro de que “aquellos expertos” no tardarían en darse cuenta de lo que se traían entre manos. Inicialmente se partía el culo de risa con la situación, pero más tarde se puso nervioso cuando le llegó una noticia inquietante: el equipo de arqueólogos se estaba enfrascando en un proyecto europeo de más de un millón de euros para el análisis del coprolito.

“Decidí que les tenía que contar la verdad. Me puse en contacto con el jefe del equipo diciéndole que tenía algo importante que comentarle acerca del coprolito.”

Desde luego, no esperaba lo que vino a continuación. Sin darle pie a dar ninguna explicación ni nada, el jefe le dijo en tono de cabreo:

“Ya sé lo que me vas a contar, que la muestra está contaminada”.

Humberto se quedó atónito, sin entender lo que el arqueólogo pretendía decirle. Este continuó:

“Sólo a un espeleólogo ignorante se le ocurre orinar encima de un valiosísimo resto arqueológico”.

Entonces a Humberto se le iluminó la mente. Me dice:

 “Efectivamente, cuando acabo la faena tengo la costumbre de regar el tordo con un buen chorro de meada. Manías que tiene uno, ya sabes”.

  

El jefe continuó con su tono acusador:

“La contaminación de la muestra nos ha dado muchos problemas para establecer la adecuada cronología del coprolito. Puedes dar gracias a que no nos metamos en acciones judiciales contra vuestro grupo y os caiga un tremendo paquete.”

“En ese momento decidí que no iba a contarle nada”, añade Humberto.

“Y qué, ¿ya han emprendido el estudio?” le pregunto.

El colega apura el cachi de kalimotxo y continúa. “Sí. Parece que al mocordo le han hecho una prueba de “refracción atómica”, o alguna hostia así, gastándose decenas de miles de euros, y han descubierto que el Neanderthal se había alimentado a base de león.”

“¿Qué me dices”?

“Como lo oyes. Lo cierto es que en aquel hamaiketako nos metimos una buena sarta de chorizos de León.”

Como a veces soy un completo inocente le digo, “pero eso no quiere decir que fuera carne de león, león…”

Veo que Humberto me mira con una sonrisa socarrona, y sospecho que me está empezando a vacilar… si es que todo lo anterior también no ha sido un vacile total. Miro la hora en el móvil como que tengo alguna cita y me largo apresuradamente de allí, mientras el colega pide otro cachi.

Tras el perturbador encuentro, respiro muy aliviado al volver a la confortable compañía de la gente de mi grupo, donde no se discute el valor de la ciencia y el conocimiento. Poco a poco recupero la paz y el sosiego mientras contemplo a los compañeros preparando meticulosamente los detalles de los próximos estudios científicos.